Hombres y mujeres por todo el mundo caminan sin rumbo, o hacia una meta engañosa, ciegamente dirigidos a un destino eterno peor de lo que puedan sospechar. Cuántas vidas reflejan caos, o son expresiones de vacía arrogancia o vanidad. Y cuántos de nosotros ¡hemos caminado por allí!
Muchos siguen ahí por rechazar el señorío de Jesús, prefiriendo seguir su propio camino. Otros, sintiendo indignación ante la exclusividad y devoción demandada por Jesús, la puerta estrecha, la senda angosta; ofendidos y considerando tener una mayor justicia, le dan la espalda. Pero cientos, aun miles de millones de seres humanos, van por dicha senda porque todavía no han escuchado, todavía no han oído, nadie les ha dicho que “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo.”
“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien!” Romanos 10:13-15
La necesidad de proclamar el camino de salvación eterna a toda criatura es ¡urgente!, y más ahora que la población de la tierra ha crecido exponencialmente, y el tiempo se acaba: El regreso del Señor está cercano. Las señales de su venida, predichas en la Escritura, abundan.
Claro, hay burladores; y no nos sorprendamos de ello, ni mucho menos caminemos en su cinismo e incredulidad. Pedro escribió: “Ante todo, sabed esto; que en los últimos días vendrán burladores, con su sarcasmo, siguiendo sus propias pasiones, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su venida?...” II Pedro 3:3-4
Se necesita cerrar los ojos ante la crisis que abraza nuestro mundo, crisis que cada vez alcanza mayores proporciones apocalípticas, para no darse cuenta de los tiempos en que vivimos, y su correlación con las profecías de la Biblia.
Entre los ejemplos de las señales anunciadas hace dos mil años, tenemos las hambrunas en África, que han dejado millones de muertos en los últimos años; plagas como el SIDA, que han cobrado la vida de millones; virus letales como la influenza aviaria y otros que, si no se mantienen bajo control, si es que se puede, en un abrir y cerrar de ojos se convierten en pandemias que sacrifican millones más.
Además están las catástrofes naturales, que en nuestros tiempos han alcanzado proporciones, y destrucciones, gigantes. El huracán Katrina que azotó la zona del golfo en los Estados Unidos, el 29 de agosto del 2005, dejó más de mil quinientos muertos, destruyendo completamente la ciudad de Nueva Orleáns, causando el éxodo de cientos de miles de sus habitantes, y convirtiéndose en la peor catástrofe natural del país. El Tsunami que arrasó comunidades enteras el 25 de diciembre del 2004, cobró nada menos que 300,000 vidas en Indonesia y países vecinos. También podemos mencionar innumerables terremotos que se han llevado la vida de miles de personas alrededor del mundo.
Y por supuesto, las guerras, mencionadas por el Señor Jesús entre las señales que marcan el comienzo de los ‘dolores de parto’. Ya han pasado, aproximadamente, cien años desde la primera guerra mundial; y muchas han ocurrido desde entonces, incluyendo la segunda guerra mundial en el siglo XX, y la de Irak, Afganistán y otros lugares en el siglo XXI.
Es evidente el potencial apocalíptico del conflicto que se ha levantado entre millones de musulmanes extremistas, y los Estados Unidos y otras naciones occidentales; conflicto que ha alcanzado nuevos niveles de destrucción. Si el mundo estaba adormecido ante la crisis que fermentaba, tuvo rudo despertar el 11 de septiembre del 2001, cuando tres mil personas murieron en un instante en el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York.
El potencial pleno y latente de ataques biológicos y nucleares, con consecuencias inimaginables, es una bomba de tiempo a punto de estallar. Los extremistas musulmanes cuentan hoy con los recursos tecnológicos y económicos necesarios. Ellos están dispuestos hasta sacrificar sus vidas en ataques suicidas, tal como ya lo han demostrado, embriagados por un fanatismo religioso, entregados a su mal llamada guerra santa, o ‘jihad’, ... ¡hasta la muerte!
Los militantes musulmanes desean anihilar la nación de Israel, aterrorizar y causar millones de muertes en el mundo occidental, y destruir todo, y a todo aquel que no se doblegue a su religión; la cual desean imponer a la fuerza, si es necesario, en todo el mundo. Basta leer las declaraciones de Mahmoud Ahmadinejad, presidente de Irán, para entender que no están jugando; sus intenciones son claras.
Hay muchas otras señales que muestran la cercanía de la venida de nuestro Señor. Podemos incluir entre ellas el espíritu de globalización imperante; el desarrollo de la tecnología necesaria para formar una sociedad sin dinero en efectivo; el resurgimiento del Imperio Romano, la Unión Europea; la crisis de Medio Oriente entre Israel y sus vecinos, requiriendo un mediador con astucia y capacidad sobrenaturales; y los preparativos para la construcción del Templo de Israel, el cual será construido de acuerdo a la profecías dadas por el profeta Daniel, y por el mismo Hijo de Dios.
El profeta Ezequiel escribió: “y diles: "Así dice el Señor Dios: He aquí, tomaré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los recogeré de todas partes y los traeré a su propia tierra. Y haré de ellos una nación en la tierra, en los montes de Israel; un solo rey será rey de todos ellos; nunca más serán dos naciones, y nunca más serán divididos en dos reinos.” Ezequiel 37:21-22
Desde el exilio a Babilonia, en el año 586 a.C., como resultado de su idolatría y desobediencia a Dios, Israel no había sido una nación independiente sino hasta el 14 de mayo de 1948, 2,500 años después, cuando volvió a renacer milagrosamente como nación soberana. Lo asombroso es que los judíos hayan conservado su identidad como pueblo, preservando su religión y tradiciones durante todo el tiempo que estuvieron en el exilio.
“¿Quién ha oído cosa semejante? ¿Quién ha visto tales cosas? ¿Es dado a luz un país en un solo día? ¿Nace una nación toda de una vez? Pues Sion apenas estuvo de parto, dio a luz a sus hijos.” Isaías 66:8
Desde su independencia, judíos de todo el mundo han estado regresando a su tierra, de manera que hoy hay más judíos en Israel que en el resto del mundo.
Ezequiel escribió: “Al cabo de muchos días recibirás órdenes; al fin de los años vendrás a la tierra recuperada de la espada, cuyos habitantes han sido recogidos de muchas naciones en los montes de Israel, que habían sido una desolación continua. Este pueblo fue sacado de entre las naciones y habitan seguros todos ellos.” Ezequiel 38:8
Un día cercano Jesús regresará para reinar sobre la tierra por mil años. Pero, de acuerdo a las profecías, el Señor primero arrebatará su iglesia al cielo, donde estará por siete años antes de regresar con ella a reinar por mil años. Durante esos siete años Dios derramará su juicio, una gran tribulación, sobre todo el mundo. Miles de millones de personas morirán durante ese tiempo.
Al principio de los siete años, un hombre de gran carisma y poder político hará alianza y traerá paz a Israel; pero será una paz temporal y falsa. A la mitad de la Tribulación, después de que haya transcurrido los primeros tres años y medio, este hombre referido como el Anticristo profanará el Templo de Jerusalén, lanzando una terrible persecución en contra de los judíos; persecución como nunca antes la han experimentado.
En su profecía Ezequiel menciona naciones que después del arrebatamiento de la iglesia al cielo, vendrán contra Israel. Entre ellas están Rusia, Turquía, Irán, Libia y Sudán; naciones que ya en nuestro tiempo son antagonistas a Israel.
El escenario está preparado, de un momento a otro el Señor viene por su iglesia. Que Él nos encuentre fieles cumpliendo la misión que nos dejó: “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” Mateo 28:19-20
Debemos tomar las Palabras de Jesús y hacerlas nuestras: “Nosotros debemos hacer las obras del que me envió mientras es de día; la noche viene cuando nadie puede trabajar.” Juan 9:4.
Jesús, en obediencia al Padre, con urgencia recorría los caminos polvorientos de Galilea, buscando las ovejas perdidas de Israel. Hoy nosotros debemos seguir los pasos de nuestro Maestro, obedecer su voz, y recorrer el mundo, buscando sus ovejas perdidas. El llamado es para hoy, la comisión es para hoy. Necesitamos tener compasión por los que no han escuchado. Necesitamos sentir el amor del Padre por su hijo pródigo. Necesitamos oír el latir del corazón del Buen Pastor que anda en busca de su oveja perdida.
El mandato es proclamar el evangelio en “Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.” Hechos 1:8. Debemos llevar el mensaje de vida a nuestra ciudad, y más allá; por toda nuestra provincia, y más allá; por todo el país, y más allá; hasta los lugares ¡más remotos y lejanos del planeta!
Debemos obedecer la gran comisión dada por nuestro Señor porque a Él le servimos. Él es nuestro Señor, y Él nos ha ordenado hacerlo.




