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Prólogo

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En Oseas 6:3 leemos: “Conozcamos, pues, esforcémonos por conocer al Señor. Su salida es tan cierta como la aurora, y Él vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra.”

La invitación del profeta sigue abierta, y de mucha relevancia para nosotros: ¡Conozcamos a nuestro Dios!

Pero, ¿cómo podemos llegar a conocer al Señor? Bueno, no a través de fotos o imágenes, pues, “Dios es espíritu”. Para conocer al Señor y adorarle apropiadamente, debemos hacerlo “en espíritu y verdad.” Juan 5:24. Y para ello se necesita más que nuestro intelecto. Nosotros somos seres finitos, terrenales y mortales; para llegar a conocer a un Dios infinito, que existe desde la eternidad y cuya naturaleza es sobrenatural, necesitamos la revelación sobrenatural de la Palabra de Dios.

La Biblia nos revela el carácter de Dios, su naturaleza, sus atributos invisibles, la obra de su creación, su poder, nuestro origen, nuestro pecado, su santidad, su justicia, nuestra condición, su misericordia, su amor, su soberanía, su propósito al crearnos y al salvarnos; y lo que concierne a nuestra  existencia temporal en la tierra, y a nuestro futuro y destino eterno. La necesidad del hombre de conocer a su Creador es como la de la tierra árida, sedienta por la lluvia. La necesidad del rebaño de Dios, de conocer y recibir la guía del Buen Pastor a través de su Palabra, es como la de los campos sembrados que ansiosos aguardan por la lluvia de primavera; como la de los ciervos que jadean por los montes en busca de corrientes de agua. Tal como lo expresó el salmista, el alma de toda oveja del rebaño del Señor desde su interior clama: “Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente.” Salmo 42:1-2

En muchos lugares, lamentablemente, el rebaño de Dios camina en oscuridad, sin oír la voz del Divino Pastor. Las ovejas caminan confundidas, en ignorancia espiritual; andan raquíticas, mal nutridas y enfermizas. La solución no se encuentra en pastores elocuentes, gran oratoria o emotivos mensajes; tampoco en predicaciones caracterizadas por la calidad de sus ilustraciones, la psicología empleada, u otra habilidad natural o estrategia que brota del talento o la inventiva natural del hombre. La respuesta se encuentra en Dios y su Palabra.

La clave no es el entretenimiento, sino la luz y nutrición sobrenatural, la de la Palabra pura, sin adulterar. Allí es donde encontramos la dirección que necesitamos, la base del verdadero conocimiento, y el poder liberador y transformador que desesperadamente buscamos. El salmista escribió: “Lámpara es a mis pies tu Palabra, y luz para mi camino.” Salmo 119:105. Jesús dijo: “Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” Juan 8:31-32

En su carta a los romanos Pablo escribió: “No os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios; lo que es bueno, aceptable y perfecto.” Romanos 12:2. La exhortación del apóstol no es a que nosotros nos transformemos a nosotros mismos, como si pudiéramos con nuestros propios métodos humanos; sino más bien, a que “seamos transformados”. Un estudio cuidadoso, y en contexto, nos muestra que eso es lo que nos dice Pablo; que seamos transformados. Y ello se logra por la Palabra de Dios. Es el Espíritu Santo, por medio de la Palabra de Dios, el que renueva nuestra manera de pensar y nos transforma.

Es de ayuda saber que nuestra palabra ‘metamorfosis’ viene del griego, idioma en que fue escrito el Nuevo Testamento, y se deriva de la misma palabra traducida ‘transformaos’ en el pasaje bíblico anterior: Esa transformación radical que experimenta la oruga en su conversión a mariposa. Notemos que el insecto no puede hacer nada para pasar de un estado a otro, de gusano a mariposa; de un animal que ni siquiera se puede reproducir, y se arrastra sobre la tierra, a otro que tiene hermosas y coloridas alas, que vuela por el aire y tiene capacidad de reproducirse. La clave está en la molécula del ADN. Es la molécula del ADN la que contiene el programa biológico, las instrucciones genéticas, en fin, toda la información necesaria para transformar las moléculas y estructuras de un tipo a otro. De igual manera, es la Palabra de Dios, cuando se recibe en forma pura y sana, en un corazón fértil, la que nos transforma.

La lectura y estudio de la Palabra de Dios en forma consistente y sistemática, desde Génesis a Apocalipsis, en la vida del creyente, es clave para una vida fructífera y victoriosa. Por supuesto que eso requiere tiempo de estudio y preparación para el que enseña; pero es una gran inversión. El pueblo de Dios necesita más que leche. La leche es buena para los recién nacidos, pero no basta para el crecimiento y la madurez del individuo. Para crecer se necesita carne, el alimento sólido y nutritivo, el de las Sagradas  Escrituras.

Es mi deseo y oración, pues, que las citas Bíblicas, y los ejemplos sacados de las Escrituras mismas, las experiencias personales, y las meditaciones que compartimos en este libro, le ayudarán a apreciar, y le estimularán, a buscar día a día, el precioso consejo de Dios para su vida personal. Y a aquellos que tienen responsabilidad sobre un rebaño, a alimentarlo fielmente.

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